Las madres también se arrepienten

Un estudio que revela el mayor de los tabúes: que las mujeres también pueden arrepentirse de ser madres. Que el arrepentimiento en la maternidad no es exclusivo de las mujeres que deciden no tener hijxs. Y que se arrepientan no significa que sean unos monstruos que no quieren a sus hijxs. No, quieren a sus hijxs y se arrepienten de la maternidad.

Arrepentidas de ser madres

El mandato social de la maternidad para las mujeres es tremendamente fuerte aún, y lo confirma la experiencia de que las mujeres que deciden no tener hijxs tengan que dar explicaciones acerca de su decisión, mientras que las que deciden tenerlos no tienen que enfrentarse a ningún cuestionamiento social (otra cosa ya es cuando tienen a sus criaturas y tienen que lidiar con las opiniones de todo al mundo acerca de cómo deben cuidarlas).

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Vivimos en una sociedad en la que te puedes arrepentir de cualquier cosa, menos de haber tenido hijxs, eso es algo sagrado. Te puedes arrepentir de la carrera que has estudiado, de la casa que te has comprado, de la relación que tuviste hace cinco años… pero no está permitido arrepentirte de ser madre, porque ya sabemos que eso es “LO MEJOR QUE TE HA PASADO EN LA VIDA”, lo sientas así o no.

Lxs hijxs parece que vienen a darle sentido a la vida, que parece que simplemente estar vivas no es suficiente para que tenga sentido. Yo me pregunto más bien qué sentido tiene tener hijxs, sobre todo cuando lo pienso por la mañana después de leer las noticias del día.

Es muy común para las personas que no quieren tener hijxs que un comentario recurrente sea que te vas arrepentir. Bueno, parece que ya ese argumento, a partir de ahora, también puede utilizarse para las que sí quieren ser madres…

Simplemente…BELLAS

Las características de nuestro orden social, a lo largo de la historia de un patriarcado legitimado, no han propiciado en absoluto la emergencia de la identidad femenina en tanto que las mujeres no somos “sujeto”, porque nuestra condición “social” (que aunque solo sea un constructo social, a efectos prácticos se asume como natural, y a veces hasta biológico) nos relega a una pasividad que sólo nos deja “ser” para los ojos de otras personas.

Obviamente, cuestionamos esta relación directa que se suele realizar entre belleza y delgadez, pero aún así resulta llamativo cómo el hecho de que una mujer se esfuerce en “ponerse guapa” haga que un hombre sienta inseguridad porque esto le hace afirmarse en que ella está con otro, sin contemplar la posibilidad de que el objetivo de estar guapa sea su propio bienestar.

En este sentido, las identidades femeninas quedan subsumidas a la feminidad, por la que entendemos: una serie de atributos relacionados con la imagen femenina, fraguados a partir de una reflexión acerca de cómo construirla de tal forma que impresionemos con éxito a las y los demás, ya que de nuestra imagen dependen en gran medida nuestras posibilidades de promoción social. De esta manera, podríamos decir que las mujeres no nos construímos, sino que nos adaptamos a unos cánones preexistentes.

Con la emergencia de los modos liberales burgueses, en el s.XVIII se institucionaliza la delgadez como signo de distinción, en detrimento de la anterior concepción, ahora propia de las clases bajas, que consideraba la gordura símbolo de abundancia y de riqueza. Las mujeres asumieron la delgadez como un atributo deseable, asociado a la belleza y a la juventud.

Antes, la menopausia era considerada el fin de la utilidad social de las mujeres en tanto que perdían todo interés reproductivo; pero a partir de ese momento lo harán con la vejez. Este cambio da paso a un modelo cuya finalidad era prolongar la belleza-juventud para continuar gustando a sus maridos y permanecer en el seno del matrimonio, vía para sobrevivir en la sociedad. Se produjo en ese momento un incremento en los cuidados estéticos que ha trascendido, redefiniéndose, hasta nuestros días.

Cabe señalar, que muchas de estas modas impuestas a las mujeres han sido y son perjudiciales para su salud: como los pies flor de loto, los tacones, los corsés del s.XIX, “la talla 38” o las dietas milagrosas acompañadas de fármacos que aumentan su efectividad.

Precisamente mediante la proliferación del espectáculo en torno al cuerpo femenino, nace la división sexual dentro de la feminidad, generando dos grandes grupos a los que adscribirse en función de las cualidades que se tengan para despertar deseo sexual entre los hombres:

1. Diosas sublimadas, eternamente delgadas, jóvenes y bellas, que están para ser admiradas y abundan en TV y vallas publicitarias:

2.  Mujeres de carne y hueso, materiales, heterogéneas, que tienen otras cualidades y  son poco visibles en los medios de información y comunicación:

Dentro de esta cosmovisión cultural acompañada de un sistema de consumo que es la base de nuestra estructura social, los mensajes publicitarios usan los estereotipos para instalarnos en un universo onírico al que accederemos tras la adquisición del producto anunciado (quienes conforman el grupo 2 disponen de este camino para llegar a formar parte del grupo 1).

La acción (anti)pedagógica del discurso publicitario queda visible en la incidencia de las modas en el colectivo social en general, pero sobre todo en las y los adolescentes, por lo que debería reflexionarse de una manera más intensa sobre el tema, sobre si es lícito o no que la industria publicitaria haga uso de determinados estereotipos sabiendo los efectos que produce entre la población.

La Publicidad asocia el triángulo Belleza-Delgadez-Juventud a la felicidad, al éxito, al placer… Nos hace creer que consumiendo cosmética selecta o determinados productos alimentarios y con esfuerzo, llegaremos a ser como  “la bella” que lo promociona, pero esa belleza no existe, también es un producto: creado a partir de una selección minuciosa, tratado dermatológicamente, además de los retoques digitales que se hacen a fotografías y vídeos.

Pero nos crean lazos afectivos con las imágenes porque la bella también es madre, o va a la playa, o hace cualquier cosa que nosotras podemos hacer. La consecuencia de todo esto es que estas prácticas de consumo se han convertido en una necesidad y en uno de los pilares de la feminidad occidental.

A todo esto hay que sumar dos hechos:

  • El sector cosmético es de los que más dinero invierte en publicidad, dirigiéndose hacia las mujeres que son sus principales receptoras, y asestando golpes bajos psicológicos en la herida abierta de la inseguridad física femenina. La publicidad se aprovecha, según Lipovetsky, de las inseguridades que el sistema crea, por ejemplo la dependencia de tener o no una buena imagen para optar a un puesto de trabajo determinado[1].
  • La moda deja paso a la MODA ABIERTA, ya no existe una indumentaria común sino una multiplicidad de modas y modos que perfilan nuevos códigos sociales porque, detrás de cada modelo estético se agazapa una conducta y una concepción del cuerpo, dominada por los sistemas de publicidad.

Ya en los 60, Betty Friedan denominó a este fenómeno “mercantilismo sobre mujeres”, y desde los feminismos se ha reaccionado contra este fenómeno enérgicamente durante las últimas décadas, de forma que a día de hoy podemos afirmar que se han logrado visibilizar tanto la heterogeneidad existente entre los cuerpos de las mujeres, como la opresión que supone la imposición de los modelos aquí descritos y los costes que puede tener para la salud el intento de alcanzarlos. Pero eso sí, no puede perderse de vista que lejos de conseguir los objetivos de control sobre los contenidos publicitarios y televisivos referidos a los cuerpos de las mujeres, esta práctica se ha extendido sobre los cuerpos de los hombres, sobre todo en los últimos 10 años.

En general, toda la variedad de ofertas (hay un producto casi para cada parte del cuerpo) solo sirve para lo mismo: para crear incomodidad, fomentando el deseo de ser otras, de ser iguales que las bellas porque en esa idea se fundamenta el éxito de esta gallina de los huevos de oro que es la industria cosmética.

Y para tí ¿qué es “ser bella”?


[1] En: L. Ventura:  La tiranía de la belleza. Ed. Plaza & Janés. Barcelona, 2000. [pp. 30]

Las feministas son felices

Hace unos meses, desde Entregrietas decidimos unirnos a la campaña que se lanzó desde distintas plataformas feministas con objeto de modificar el contenido que Google ofrece acerca de las feministas en su buscador, como acto simbólico que tiene como finalidad darle la vuelta a la visión negativa de las mujeres feministas, ampliamente extendida en nuestra sociedad.

Las Feministas somos lo máximo

Después, quisimos investigar un poquito más, y ver qué decía Google de ésos invisibles, los hombres feministas, y esta vez a Google le costó un poquito más.

Los hombres feministas… ¿son?

Pasado un tiempo, nos hemos vuelto a acercar al buscador de Google, y algo ha cambiado, aunque no mucho.

feministas son

Han sido multitud de voces las que se han unido a este acto simbólico cibernético que quiere reflejar una imagen diferente de las feministas, una imagen con la que nos sintamos más identificadas.

Las feministas somos lo máximo es sólo una de las cosas que se pueden decir para darle la vuelta a la imagen social de las feministas.  Pero hay otras muchas cosas con las que podemos identificarnos para ir creando una imagen desde nosotras. Por ejemplo, que las feministas somos más felices, en total contradicción con el estereotipo que nos pone como unas amargadas.

mujeres felices1

Y es que el feminismo es un movimiento emancipador. Una vez que te pones las gafas de género empiezas a ver cómo la realidad cotidiana está impregnada de una pátina más o menos gruesa de patriarcado, y empiezas a darte cuenta de muchas cosas que antes no veías y que están en la base de la desigualdad de género. Sin embargo, esto mismo, a la vez es liberador, porque es entonces cuando puedes comenzar a hacerle cortes de manga a esas pequeñas y grandes cotidianidades que te oprimen. Empiezas a entender que estar bella es una imposición para las mujeres que nos quita mucho tiempo para otras actividades más interesantes, y que la base de ello es estar guapas para los hombres, que son la medida de todas las cosas. Entonces, decides que vas a ir un día  sin depilar a la playa, a ver qué pasa. Empiezas a entender que gustar a los hombres no es una obligación, y que tu autoestima no pasa por ser más o menos atractiva para ellos, que en tus relaciones amorosas llenas de insatisfacción hay una dosis importante de poder y desigualdad bajo el paraguas del amor que todo lo puede,  que además éstas relaciones están heteronormativizadas y establecen unas pautas de sexualidad que no siempre son las más satisfactorias para ti, que bajo la incomodidad de los “piropos” que te gritan por la calle lo que se esconde es una agresión sexual, y un sinfín de cosas más. Y es liberador porque solo cuando empiezas a ser consciente de estas realidades puedes empezar a establecer estrategias para enfrentarte a ellas, desde el respeto a nuestros propios ritmos y contradicciones.

Por ello, afirmamos que las feministas somos más felices. Y no solo lo pensamos nosotras.  Según un estudio, el feminismo fomenta la felicidad de las parejas, siendo éstas más sanas. Y también otras feministas confirman nuestra tesis.

Isabel Moya Richard, directora de la Editorial de la Mujer de Cuba, quien además es experta en las representaciones de las mujeres en la prensa y la publicidad, en una entrada del blog Mari Kazetari afirma: “El feminismo me ayudó a aceptar mi cuerpo, a sentirme feliz en él, aunque esté en silla de ruedas”.

Por su parte, Victora Aldunate, integrante del colectivo feminista chileno “Memoria Feminista” nos dice: “Creo que lo más importante que me ha aportado el feminismo en mi vida, es la libertad real de actuar y ser como siento y quiero. Cuando eliges ser feminista tienes que elegir entre los costos que significa no serlo y los costos que tiene ser feminista, porque todo tiene sus desafíos -además de placer y alegría-. Los costos de No ser feminista tienen que ver con actuar bajo las reglas patriarcales y neoliberales de consumo, clasismo y arribismo, bajo esa tonta idea de “familia bien constituida” que no se sabe muy bien qué es porque en esas familias “bien constituidas” muchas veces se oculta maltrato, diversas situaciones que producen dolor a sus integrantes y hasta aburrimiento. Y ser feminista significa rebelarse a todo eso para ser feliz respondiendo a las propias necesidades y deseos.(…) Creo que ser feminista, es revelarse contra lo establecido, para ser feliz, lo establecido, son esas cosas que se supone debes hacer o tolerar aunque no quieras y las creas tontas, hipócritas o humillantes, aunque te hagan daño…”

Y tú, ¿qué piensas?¿las feministas somos más felices?

Capacitación en género: del cambio personal al cambio social

Desde que se convocara la I Conferencia Mundial sobre la Condición Jurídica y Social de la Mujer en México D.F., coincidiendo con el Año Internacional de la Mujer, en 1975, con el objetivo de trasladar a la agenda política internacional que la discriminación contra la(s) mujer(es) seguía siendo un problema en buena parte del mundo, el “género” y “las mujeres” se han ido convirtiendo, respectivamente, en herramienta y destinatarias de numerosas acciones de desarrollo, tanto en el ámbito de la Cooperación Internacional como en el del Desarrollo Local.

mujer cuidando al mundo

Pero después de varias décadas en las que han proliferado tanto los estudios de género en los currículos académicos de las profesiones del Tercer Sector, como la necesidad de integrar al “género” en todo proyecto susceptible de ser financiado, los resultados generales, si le echamos un vistazo al panorama mundial, ponen de relieve el hecho de que la(s) posicion(es) de las mujeres no han mejorado como se esperaba, y que, por tanto, el enfoque de género no ha sido integrado adecuadamente en la práctica, sino que se ha quedado en el papel, en muchas ocasiones oculto bajo un epígrafe del proyecto etiquetado como acciones dirigidas a la mujer.

No integrar un enfoque de género concienzudamente pone de relieve dos aspectos:

1)    Las resistencias de quienes planifican a realizar un proceso de deconstrucción propio, personal.

En los entornos que podrían aglutinarse bajo “Occidente-Norte-Medio-Urbano” vivimos en una falacia de la igualdad sustentada en el hecho de que las mujeres hemos salido al mercado laboral y alcanzado cotas de igualdad formal muy altas. Este es el modelo que se transfiere a “Oriente-Sur-Medio-Rural””: les ilustramos para que sigan nuestros pasos.

Integrar un enfoque de género efectivo implicaría abordar las relaciones de poder, lo que nos situaría a su vez en la necesidad de reconocer que éstas también existen, y que han sido abordadas en forma pero no en fondo, por nuestro modelo ilustrado, blanco y burgués de “Igualdad”.

2)    Facilitar un empoderamiento real para las sociedades de “Oriente-Sur-Medio-Rural” supondría el fin de nuestro modelo de consumo.

Porque está basado en el Neocolonialismo: sólo si seguimos expoliando los recursos de otros lugares, humanos y naturales, podremos continuar viviendo en “Occidente-Norte-Medio-Urbano” tal y como vivimos hoy en día.

El enfoque de desarrollo que prima está centrado en la economía productiva, y este modelo es en sí contradictorio con el Enfoque de Género y los Derechos Humanos, porque no se puede favorecer la igualdad entre mujeres y hombres, sin garantizar la protección del medio ambiente, sin revisar los sistemas productivos que están devorando el planeta, combatir la obsolescencia programada y todos los residuos que genera; tampoco es posible “erradicar la pobreza extrema y el hambre” sin abogar por la soberanía alimentaria y la agroecología, ni cuestionar el sistema de agricultura intensiva mundial y el uso de fitosanitarios y pesticidas que envenenan, literalmente, la tierra, el agua, los alimentos, y los cuerpos de las personas que trabajan en este sector (según la FAO las mujeres producen entre el 60 y 80 % de los alimentos en los países en desarrollo, y la mitad de la producción mundial)

género y justicia socialEstos motivos conducen a pensar que es tarea de quienes nos profesionalizamos en este área de intervención, comprometernos no sólo a abordar las relaciones de poder patriarcales integrando adecuadamente un enfoque de género en nuestros proyectos, sino además, a hacerlo incorporando dos premisas.

Por un lado, debemos ser conscientes de que nosotras y nosotros pertenecemos a una sociedad patriarcal, y que trabajar en este ámbito no nos exime de los arquetipos culturales que nos instruyen en cómo ser mujeres y hombres.

Por otro, asumir constructivamente que dentro de las entidades a las que pertenecemos y que se encargan de implementar estos proyectos, las estructuras organizativas también pueden albergar relaciones de poder desiguales, para reconocerlas y trabajar para modificarlas.

En definitiva, si no nos lo creemos y actuamos para que el enfoque de género se integre en nuestra cotidianidad, ¿cómo lo haremos en el terreno laboral?

mafalda y mundo intercultural

*Artículo realizado para Almanara Consultoría Social y publicado por la Revista Digital SoyMujer

#19Marzo Por las Paternidades (Co)Responsables

Infografia Paternidades

¿Qué implica “ser padre”? ¿Qué modelos de paternidad se potencian desde las actuales políticas de conciliación?

Desde Entregrietas queremos visibilizar a ese grupo, aún pequeño, de hombres que están desafiando la normativa heteropatriarcal al expresar libremente su deseo de cuidar, de amar y de educar, porque están asentando un referente cultural importantísimo para posibilitar cambios efectivos en la tradicional división sexual del trabajo.

Además, sin ese movimiento “complementario” a través del que el sector masculino de la población entra en la esfera de lo doméstico y de lo reproductivo, no será posible superar las limitaciones que existen para el desarrollo integral de las vidas de las mujeres, derivadas del hecho de que se ha salido al mercado laboral y se continúan asumiendo las responsabilidades naturales de la reproducción social. Tal y como señala Amaia Orozco en el texto La Economía desde el feminismo: trabajos y cuidados, las mujeres para salir a la esfera pública tienen “[…] que disponer de una infraestructura suficiente (familiar, pública o privada) que la sustituya durante su jornada laboral […]”, y eso supone tiempo de trabajo no remunerado ni reconocido, las dobles o triples jornadas laborales de la mayoría de las mujeres.

Para conocer la actualidad del movimiento ciudadano por la(s) paternidad(es) y maternidad(es) CORREPONSABLES, IGUALES E INTRANSFERIBLES, visíta su web y sigue de cerca qué es y cómo avanza la PPIINA.

#Viaje0

Las personas construimos nuestras identidades en un proceso de socialización en el que intervienen múltiples factores: todos aquellos aspectos que componen el medio en que nos estamos desarrollando, sobre todo los relacionales, condicionan la forma en que observandopercibimos la realidad. Algunas teorías del sujeto postulan que las conciencias individuales se “amueblan” a medida que van internalizando las pautas sociales institucionalizadas, esto quiere decir que las estructuras sociales se transforman en estructuras de conciencia[i], garantizando así su continuidad.

Si este esquema lo aplicáramos concretamente a la internalización de los roles de género, podríamos extraer que:

–      lo profundo (el fondo) de nuestras conciencias está marcado por el sistema patriarcal[ii] y su construcción binarista y excluyente de lo que es ser hombre y ser mujer, en donde ésta última tiene una posición subordinada;

–      en la superficie (la forma) estarían todos los códigos establecidos culturalmente acerca de cómo deben actuar hombres y mujeres, y de cómo deben interaccionar.

Bourdieu señala que “el orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya”[iii], de tal forma que lo construido social y culturalmente aparece como natural y se asume sin más.

Estas representaciones aprendidas son estereotipadas, y condicionan nuestra experiencia como individuos. Por tanto, aprendemos a ser mujeres y hombres. Las identidades de género, la asunción de una identidad masculina o femenina, vienen determinadas por nuestra supuesta pertenencia a un sexo, y por el largo proceso de socialización que empieza antes de nuestro nacimiento, y que nos transformará en hombres o en mujeres a través de los aprendizajes asimilados durante nuestra socialización.

Dentro de este entramado, podemos encontrar innumerables agentes de socialización: familia, escuela, entorno social, televisión, internet… Todos ellos ofrecen una variedad de modelos de feminidad(es) y de masculinidad(es) que en forma tratan de romper con los tradicionales, porque no se adaptan del todo a las demandas de la sociedad del s. XXI (¡Incluso algunos se consideran políticamente incorrectos!), pero que en el fondo, continúan perpetuando estereotipos que legitiman la existencia de la Desigualdad y de la Violencia de Género.

Desde Entregrietas hemos decidido asomar nuestros objetivos y nuestras mentes, a la calle y a la red, a interpelar a todos estos “agentes de la producción y la reproducción social” a ver qué nos encontramos… ¿Nos acompañas?


[i] En: Berger y Luckmann: Modernidad, pluralismo y crisis de sentido, en “La pérdida de lo dado por supuesto” (Cap. IV) Ed. Paidós. Barcelona, 1997. [pp.82]

[ii] Entendemos por patriarcado todo el conjunto de estrategias existentes en el orden simbólico que sirven para perpetuar el sistema de dominación masculina. En: Diez Palabras Clave sobre Mujer, Celia Amorós denomina el sistema patriarcal que vivimos en Occidente “patriarcado de consentimiento”, que incita a los roles sexuales utilizando imágenes atractivas (moda), y también a través de la manipulación de los medios de comunicación, por lo que aparentemente no está coaccionando la asunción de roles.

[iii] En: Bourdieu, P.: La dominación masculina. Ed. Anagrama. Barcelona, 2000. [pp. 37-39]

Mujer-Muñeca

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“Está encerrada, no se le permite cagar, ni comer, ni llorar ni dar a luz, nada entra, nada sale. Se quita la ropa o se la pone, vestuario de muñeca de papel, copula bajo luces electrónicas con el torso del hombre mientras su cerebro observa desde su cubículo de control acristalado en la otra punta de la habitación, su rostro se retuerce en poses de exultación y abandono total, eso es todo. No está aburrida, no tiene otros intereses.”

Texto de la novela Resurgir, de Margaret  Atwood.